Historia de la Brujería: La Mujer como origen de todo Mal por @virginiaescobar

Etiquetas

, , , , , , ,

Por @virginiaescobar

Para entender en parte esta saña que se desató contra las mujeres en general y las brujas en particular no debemos perder de vista que la gran mayoría de los acusados eran mujeres y que a las féminas, fueran guapas o feas, no las tenían en buena consideración salvo que fuesen reinas, princesas o santas. Y aún así…

Las referencias a la Eva bíblica y el mito de Pandora serán el origen, desde la perspectiva hebrea y griega, de que las mujeres sean portadoras de calamidades, como una plaga de aspectos negativos. Estas aseveraciones se ven reflejadas en múltiples ejemplos y en frases de algunos de sus más insignes eclesiásticos, e incluso de personas que llegaron a los altares.

San Cipriano (nada que ver con el del Libro deSan Cipriano) decía que las mujeres «son demonios que nos precipitan en el infierno por las puertas del paraíso». Muy sutil él. O el caso más sangrante de Bernardo de Cluny (o de Morlaix), un monje benedictino de la primera mitad del siglo XII, poeta y escritor de himnos y sermones insufribles, autor de Sobre el Desprecio del Mundo, famosos versos en los que considera a la mujer como origen de todos y cada uno de los males y desgracias, dominada por la lujuria, adoradora del dinero y personificación de todos los vicios imaginables.

Tan pronto habla de la perversidad de la mujer como de los males del vino, del dinero, del saber, del perjurio, la adivinación… Vamos, que casi todo le molestaba.

Esta mala imagen ya venía de lejos. San Clemente de Alejandría ya escribiría doscientos años después de Cristo: «Toda mujer debería llenarse de vergüenza al pensar que es una mujer». Tertuliano, Padre de la Iglesia, tuvo a bien explicar para la posteridad por qué las mujeres son merecedoras de su trato como seres inferiores y despreciables:

«¿Acaso no sabes que eres una Eva? La sentencia de Dios sobre tu sexo permanece viva, y por tanto tu culpabilidad también. Eres la puerta del Diablo, la que rompió el sello de aquél árbol; eres el primer desertor de la ley de Dios, la que persuadió a aquél que el Diablo no tuvo el valor de atacar. Destruíste la imagen de Dios, el hombre. La consecuencia de tu deserción fue la muerte, hasta tal punto que incluso el Hijo de Dios hubo de morir.»

La imagen satanizada de la mujer es lo que ha hecho que durante siglos, en la mayoría de las religiones —el cristianismo no ha sido original en ese aspecto—, haya quedado relegada a un segundo plano. Y, lo que es peor, en épocas de pestes, guerras y temores de cualquier tipo, se buscaban chivos expiatorios propiciatorios, y las mujeres personificadas en brujas, hechiceras o adoradoras del diablo eran buenas candidatas (también los judíos, gitanos, moriscos, pero en otros contextos).

Los ejemplos se multiplican, a cual más bochornoso. Boeccio, el filósofo cristiano del siglo VI, escribiría en El Consuelo de la Filosofía: «La mujer es un templo construido sobre una alcantarilla». En ese mismo siglo se llega al colmo del disparate, cuando los obispos reunidos en el Concilio de Macon (581) votaron para decidir si las mujeres tenían alma o no. Peor, si cabe, los luteranos que en Wittenberg discutieron sobre si eran realmente seres humanos.

Frases como la de Publio Siro («Las mujeres han aprendido a llorar para mentir mejor») o la de Odo de Cluny en el siglo X («Abrazar a una mujer es abrazar un saco de estiércol»), no ayudaban mucho que digamos.

Naturalmente, no todas las mujeres eran vistas como brujas, pero la mayoría de las personas acusadas de brujas eran mujeres que, de una manera u otra, estaban fuera de la sociedad. La explicación a esta discriminación la tenían muy clara algunos religiosos de aquella época como fray Martín de Castañega, quien decía que Cristo, conociendo la naturaleza perversa de la mujer que ya venía de Eva, la apartó de sus sacramentos por cuanto son más fáciles de engañar por su natural simpleza.

Castañega, en el capítulo V de su Tratado se explaya sobre las razones de que haya más mujeres que hombres consagradas al demonio y agrega: «… más son de las mujeres viejas y pobres… porque como en los otros vicios la pobreza es muchas veces ocasión de muchos males». El fraile decía —y no se ruborizaba por ello—, que las mujeres son más habladoras y se enseñan unas a otras, son más vengativas y más propensas a la ira al ser menos fuertes que los hombres. Al llegar a la vejez tienen apetitos carnales que no pueden satisfacer y piden ayuda al diablo.

Todo un ejemplo de misoginia eclesiástica que también quedó reflejada en el Malleus Maleficarum al decir, entre otras barbaridades, que «Toda brujería proviene del apetito carnal que en las mujeres es insaciable».

Fuente: Breve Historia de la Brujería de Jesús Callejo.