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En la cultura actual, donde existe casi que una idolatría hacia  lo “joven,” “sexy,” y “moderno,” muchos han perdido ese contacto y respeto al pasado, ya sea expresado en la historia, las costumbres o las personas. Algunos no pueden nombrar a sus bisabuelos, o decir si tienen algún ancestro extranjero o de que parte del país se originó la familia. Atrás quedaron esas tertulias, normalmente en tardes de lluvia o noche de apagones, cuando salía a relucir el folklore familiar y descubríamos que tuvimos un tío que se perdió en el Amazonas, que una prima lejana pintaba paisajes como nosotros, que un abuelo luchó contra el gobierno (y quizás de ahí nos venga lo peleón) y que una bisabuela era francesa, lo que explicaría esos ojos azules que aparecen de vez en cuando en la familia.

Para los Celtas, al igual que otros pueblos antiguos, la historia familiar era de suma importancia. Conocerla te ayudaba a descubrir tu lugar en el micro-cosmos social, te daba inspiración y orgullo y tal vez te obligaba a esforzarte más para probar que no eras como la oveja negra de tu clan. Los Druidas eran los guardianas de la historia oral, tanto personal como comunitaria y ese conocimiento les daba gran sabiduría, pues los ayudaba a comparar situaciones presentes con pasadas y aconsejar que cosas podían funcionar o no, de acuerdo a experiencias pasadas. En la historia custodiada se encontraba información sobre descubrimientos medicinales, creaciones artísticas, estrategia militar, filosofía existencial, visiones espirituales. El regreso de una enfermedad olvidada podía ser contra-restado con antiguos brebajes. La solución a una disputa territorial podía encontrarse en los ecos de otra similar. Momentos de desesperación  podían ser consolados recordando como los Dioses habían respondido la última vez.

Honrar las tradiciones creaba igualmente un sentido de pertenencia, un algo distintivo que demostraba en cierta forma la “personalidad” de cada tribu y su evolución intelectual y espiritual. Una forma de hablar, de vestirse, de tatuarse les informaba a otros tu procedencia y lo que podían esperar de ti, de acuerdo a la fama que tuviera tu tribu. Estas tradiciones no eran estáticas, puesto que los celtas, grandes observadores de la Naturaleza y de su propia historia, comprendían que la vida es flujo y cambio. Pero dichos cambios, si ocurrían, eran orgánicos; se filtraban y fundían lentamente y de manera casi imperceptible. Lo que se adaptaba de otros pueblos era transformado por el espíritu de la tribu, hasta darle uso y color local.

El Druida, Wicca, Neo-Pagano (y de hecho, personas de cualquier espiritualidad) moderno ciertamente tiene un reto para llevar a cabo esta segunda tarea. Pero como dice el Tao, el camino de los 10.000 pasos comienza dando el primero. Podemos comenzar por retomar, de manera gentil, las tertulias familiares. Designa un momento, un día, quizás durante la cena, y trae a colación anécdotas familiares. Si tienes chicos, haz un proyecto que les permita aprender más sobre sus origines, como un árbol genealógico o un álbum, no solo de fotos, si no también de dichos, anécdotas y hasta material original (un pasaje de barco) que ilustre las historia familiar. Da ejemplos de cómo ancestros superaron problemas o no y recuérdale a los jóvenes de la familia que dichos ancestros y sus características están en sus genes (ya sabes, para cuando salgan con aquello de que “eso fue entonces”) ya sea para ensenar a través de retos o talentos. Lleva a cabo celebraciones que ayuden a recordar a los ancestros (algo así como que tu versión de El Día de Los Muertos de México) de forma alegre y colorida, no solo para revivirlos en el pensamiento, si no para separar la idea de pérdida del concepto de la muerte. Dedica unos minutos para incluirlos en tus rezos, para agradecerles todo lo que te legaron con su vida y experiencias y si tienes espacio, dedica un lugar para ellos, con fotos, flores y cosa hermosas.

En cuanto a las costumbres y tradiciones, haz un esfuerzo en honrar alguna casi olvidada (quizás la Cruz de Mayo); dedica una día a la semana o al mes para cocinar un plato típico y/o escuchar música nacional; y dale color local a ideas extranjeras  (¿Santa Claus en Liqui Liqui?) Lee a narradores costumbristas que expliquen el nombre de antiguas y famosas calles, dichos, creencias y comparte este conocimiento con familia y amigos. Participa (o inspira) actividades en tu comunidad que ayuden a mantener el patrimonio cultural y apoya al arte y artistas nacionales. Incluso dale sabor nacional/personal a tu espiritualidad si eres Wicca, Druida o Neo-Pagano, religiones que se  basan en la libertad de elegir lo que nos llega al corazón y refleja nuestra verdad interna. Recuerda que no hay lugar perfecto: solo excelente técnicas de mercadeo y lo que admiras de otros lados a lo mejor no es tan brillante es su propio patio o tiene una versión criolla. Siente orgullo de tu herencia, de tus héroes, de tus artistas, de tus intelectuales, de tu música, de tu cocina, y sobre todo, de tu gente.

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