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El tres fue el número mágico por excelencia de la cultura Celta, fue la cifra que expresaba su visión del mundo. Lo encontramos repetido hasta la saciedad en sus mitos. Se le representa gráficamente como un triskel, símbolo solar de tres brazos.

Por ejemplo,  para los celtas entre el Bien y el Mal está la Indecisión, momento supremo en el que el hombre puede escoger su destino, orientándose hacia un lado o hacia el otro; entre el día y la noche existe «la hora indeterminada», al alba o en el crepúsculo, cuando es más fácil entablar contacto con los seres sobrenaturales; entre el blanco y el negro hay muchos matices de gris; entre el hombre y la mujer está el hijo, la obra que los une y a la vez los separa y trasciende…, y entre la vida y la muerte está el Otro Mundo, el lugar donde el alma reposa y hace balance antes de seguir adelante con su gran y eterna aventura.

Muchos dioses y guerreros celtas han de repetir tres veces la misma acción concreta antes de poder cosechar las ventajas que esperan de ella; han de enfrentarse con tres tipos de animales, seres malignos o incluso calamidades naturales diferentes; en ocasiones, han de rematar tres veces una aventura antes de darla por buena o realizar tres actos heroicos en varios lugares —distintos sólo en la forma, pues en lo profundo se trata siempre del mismo— o bien repetirlos durante tres días consecutivos. Uno de los héroes más importantes del mundo celta, cuyo nombre se repite en diversos ecos a través de mitos diferentes, es Bran.

Este nombre, en el original, tiene otras dos variantes: Bron y Bren. De ellas obtendremos aún más derivaciones lingüísticas según las diferentes leyendas de los territorios célticos. Pero es que, además, Bran puede tener tres significados distintos, cualquiera de ellos llamativo: «seno», «cuervo» o «altura».