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Por @virginiaescobar

Un aspecto curioso de los pactos brujeriles no es tanto encontrar el documento donde se firman tan anticlericales cláusulas con el demonio sino las marcas que deja en el cuerpo de sus elegidas, a modo de «letra escarlata»

Es la señal indecible de que se pertenece a Satán. Eran tiempos en los que se aceptaba la teoría de la brujería basada en los demonios familiares y las marcas de bruja. Los inquisidores lo sabían (ellos todo lo sabían) y las buscaban como prueba irrefutable de que la acusada ante sus tribunales era una bruja. Era la llamada «marca de Satán» realizada por éste a su nueva sierva mediante una mordedura o rasguño en alguna parte de su cuerpo. ¿Cuál? No había un lugar preferente. Podía ser detrás del hombro, en las nalgas, en las axilas o en el ombligo. La pequeña huella que dejaba se parecía a una cicatriz o tatuaje y solía tener la forma de una pata de liebre o de rata o bien como la señal dejada por una araña. En otras ocasiones, el demonio hacía una señal minúscula en el blanco del ojo izquierdo.

Ni hablar de cualquier persona que tuviera un lunar, quiste, mancha, juanete o cicatriz era candidata a poseer una marca de Satán y por tanto se exponía a ser ejecutada por brujería. Hasta hubo un profesor de Derecho de la Universidad de Colonia, Peter Ostermann, que en 1629 dijo que todo aquel que tuviera tales marcas no podría asegurar que tuviera una vida intachable.

Las «marcas del diablo» (stigmata diaboli) o los «sellos del diablo» (sigillum diaboli) figuran en casi todas las actas de los procesos por brujería y es un buen ejemplo para ilustrarnos de la mala interpretación que podían hacer las mentes obtusas, pervertidas, histéricas y estúpidas de los fenómenos naturales y fisiológicos, provocando con ellos la muerte de miles de hombres, mujeres y niños.

Hay que distinguir lo que es la «marca de Satán» de la «marca de la bruja», que son los pechos o los pezones anormales, es decir, que la bruja tuviera otro pezón extra en su anatomía. Esa era más fácil de detectar. La finalidad de esta nueva tetilla era la de alimentar al «demonio familiar» que tenía a su servicio. La explicación es sencilla: así como ellas pertenecen a un demonio mayor, a su cargo tienen a los llamados «familiares» (que suelen estar bajo la forma de sapos) que les llevan a los aquelarres o les sirven para preparar sus ungüentos.

El demonio —siempre tan listo él— entregaba estos familiares a la bruja para que le sirviese de confidente. La bruja, a cambio, tenía que alimentarlos con la leche de este pezón auxiliar tan práctico y generado por el propio demonio tras realizar el pacto, con la mala leche que le caracteriza. Cualquier médico que lea estas líneas estará pensando —y con razón— cuántas mujeres que padecían de polimastia (presencia de más de dos mamas) y de politelia (presencia de pequeños pezones alineados con las mamas) fueron acusadas injustamente de ser brujas y mandadas a la hoguera.

Toda una patraña para conseguir los fines deseados. Margaret Murray cita un experimento realizado a principios del siglo XX en el que se seleccionaron a 315 personas al azar y se comprobó que el 7% tenía una especie de pezones en el cuerpo.

Así que ya se pueden imaginar lo que les hubiera pasado en plena histeria de brujas.

En muchas ocasiones la marca de brujería se confundía con la marca del diablo y los últimos cazadores de brujas, ante la duda, consideraban cualquiera de las dos como pruebas suficientes de brujería.

Fuente: Breve Historia de la Brujería de Jesús Callejo.