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Por @virginiaescobar

La Abuela Josefina vivía en Caracas muy cerca de la Plaza Bolívar, se había casado muy joven a los 16 años, al igual que sus tres hermanas. Se casó con el único hombre que la había cortejado e ilusionado que era 15 años mayor que ella. Don Gerardo Díaz tenía buena posición, junto a su primo Abelardo poseían varios negocios, por lo tanto eran muy prósperos.

A sus 20 años, la Abuela Josefina, tenía dos hermosos niños que ocupaban prácticamente todo su tiempo. Un buen día su vecina y amiga en una tarde de café le comentó que había visitado a una adivina en los montes de Caricuao, y que le había montado un trabajo para que su esposo mejorara su actitud con ella, puesto que tenía mal carácter y era muy violento.

A la Abuela Josefina todas esas cosas le parecían malas acciones que sólo jugaban con la necesidad de la gente, ella había oído mucho sobre este tipo de estafadores que prometían milagros.

Pero el esposo de su vecina repentinamente cayó muy enfermo, hasta el punto que hasta sus necesidades más básicas debía contar con su esposa, al parecer esa terrible experiencia y hecho de estar cerca de la muerte cambio la actitud del hombre, volviendolo un esposo devoto y de carácter amable. Por su lado la Abuela Josefina no podía creer el cambio radical de aquel hombre que siempre había sido pendenciero.

La Abuela Josefina aunque gozaba de una holgada posición económica, una hermosa casa, dos hijos sanos y un esposo amable, trabajador y responsable no era feliz. Su esposo tenía la costumbre de desaparecer, y a veces por días con su primo Abelardo. Cuando regresaba olía a alcohol y perfume barato. De hecho ya había padecido de Ladillas, cosa que le confirmó a la Abuela Josefina que su esposo tenía otras mujeres.

Sus hermanas siempre le decían que eso era normal, que simplemente eran cosas de las que no se hablaba, que mientras él continuara cumpliendo con sus responsabilidades ella se lo tenía que calar. Pero la Abuela Josefina estaba muy enamorada de su esposo, y cada vez que él desaparecía ella caía en una tristeza muy profunda.

Después de ver los resultados del trabajo de la adivina en su vecina se animó a preguntar más sobre dicha persona, y una tarde de café con su vecina se enteró que varias conocidas la habían visitado, de hecho se enteró que Emerita había ido a casa de esa mujer para atrapar al primo Abelardo, ya que desde siempre había estado enamorada de él, al igual que muchas otras. Pero es que Abelardo era buen mozo, alegre, buen bailarín, le encantada andar de fiesta y tenía buena posición económica, en pocas palabras el candidato ideal entre las solteras.

La Abuela Josefina decidió entonces esperar a ver si Emerita lograba ponerle los ganchos a Abelardo, si esa adivina lograba que Emerita se casara con Abelardo ella iría a visitarla, y así se lo hizo saber a su vecina.

Al poco tiempo Abelardo cambio su actitud y ahora le gustaba almorzar los domingos en familia, siempre acompañado de Emerita, y pasado los tres primeros meses anunciaron su compromiso, para sorpresa y temor de la Abuela Josefina.

Se casaron exactamente 6 meses después del compromiso, fue una boda por todo lo alto y fue en esa misma boda dónde su vecina le dijo: Cuando vamos de paseo a los montes de Caricuao?. La Abuela Josefina sintió que le recorría una corriente eléctrica por todo el cuerpo, es cierto que existía una gran posibilidad de encontrar la solución a sus problemas, pero a la vez le daba mucho miedo probar con cosas desconocidas para ella y vetadas por su iglesia.

Pero dos o tres días después de la boda del primo Abelardo su esposo llegó de madrugada borracho y con actitud pendenciero, cuando ella le reclamó, su esposo le gritó muchos improperios y hasta le levantó la mano aunque no le pegó, al día siguiente fue a casa de su vecina y le dijo que necesitaba ir urgente a los montes de Caricuao, y una semana más tarde ella y su vecina estaban sentadas en unos troncos en una especie de patio trasero en el rancho de la adivina.

La mujer sin mediar palabra encendió un tabaco y después de varias bocanadas le contaba a la Abuela Josefina lo que ella ya sabía, que su marido le era infiel para finalizar diciéndole que eso se curaba con un amarre, pero también le advirtió que para que el mismo funcionara, la Abuela Josefina debía superar un gran escándalo, de esos que sólo una gran mujer era capaz de superar, que después de eso su esposo jamás miraría a otra mujer.

En realidad la Abuela Josefina no lo pensó mucho y sólo preguntó: cuanto es y que debo hacer?

La adivina le dijo: Te lo cobraré dentro de 10 años cuando mi hijo mayor tenga 24 años, y no debes hacer nada, todo lo haré yo.

La Abuela Josefina no pensó en las consecuencias de aceptar tan precipitadamente, la necesidad de que su esposo le fuera fiel era mayor que pensar en el futuro.

A las dos semanas de esta visita, una de esas noches que su esposo había desaparecido la policía llamó a su puerta para notificarle que su esposo estaba detenido y herido. Ella inicialmente quedó en blanco y después de que el alma le volviera al cuerpo tomó su cartera y su abrigo para ir inmediatamente a la comisaría, pero antes llamó a uno de sus cuñados que era abogado y quedaron en encontrarse en la comisaría.

A partir de ese momento todo fue un torbellino de hechos y emociones, resultó que Don Gerardo era el amante de una dama de la alta sociedad y que había sido descubierto por el esposo de la misma en una situación muy incómoda en la cual la dama de la alta sociedad había sido asesinada por su esposo, y para completar la prensa hizo fiesta de todo aquello, hasta sus hermanas le llegaron a recomendar que lo mejor sería la separación y más adelante el divorcio. Pero la Abuela Josefina sólo podía recordar las palabras de la adivina «debía superar un gran escándalo, de esos que sólo una gran mujer era capaz de superar»

Así que siguió adelante apoyando a su esposo, mientras más y más cosas salían a la luz que perjudicaban aún más la imagen pública de su marido. Finalmente las cosas comenzaron a calmarse y aclarase, fue un año que significó un infierno para ella, costó mucho pero al final la verdad salió a luz, Don Gerardo no era ni amante de la Gran Dama de sociedad ni responsable de todo aquello que se le acusaba, pero en el proceso la única persona que lo apoyó ciegamente y sin preguntar nunca nada fue su esposa. Tal y como había dicho la adivina Dob Gerardo nunca volvió a desaparecer por las noches, nunca más tuvo que preocuparse por una infidelidad.

Pasado 10 años un joven tocó a su puerta, y después de aclararle que era el hijo de la adivina le dijo que ella quería verla, un susto muy grande la invadió, había olvidado que aún tenía una deuda con aquella mujer.

Al día siguiente fue a los montes de Caricuao, que ya no era una zona rural como en aquellos tiempos, pero para su sorpresa también estaba Emerita y ambas se sintieron muy confundidas. La adivina les explicó que su hijo se acaba de graduar en la Universidad y que necesitaba que ambas convencieron a sus maridos que lo contrataran. Ambas se miraron y accedieron a la petición, entre ellas cuadro una mentira de que aquella mujer era una costurera de confianza y que querían ayudarla con su hijo, ambos esposos estuvieron de acuerdo y contrataron al muchacho. Sin embargo, ni la Abuela Josefina, ni Emerita visitaron nuevamente a ninguna mujer con dones, primero porque no lo necesitaban y segundo porque cada trabajo espiritual implicaba un aprendizaje de vida muy duro.

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