Heart_of_Service

@karembarratt

Últimamente he tenido ciertas reservas en lo referente a escribir “consejos” o textos “inspiracionales”. No sé si les ha ocurrido a algunos de ustedes, pero tanta literatura espiritual/psicológica/positiva me está comenzando a sonar a discurso. La verdad es que yo no tengo nada que instruir. No soy una sabia con todas las respuestas y por supuesto, hay mucho mas que no entiendo que lo que si comprendo. Dicho eso, lo que sí puedo hacer es compartir experiencias y pensamientos y soltarlos al viento, que lleguen a los corazones que quieran recibirlos.

 

Así que en ese espíritu hoy quiero compartir un poco acerca de la frustración que siento ante el estado del mundo y lo que a veces me ayuda a superarlo. Hay días en que siento una gran opresión por dentro, viendo todo lo que pasa, a nivel humanitario, ecológico, político. Una que otra vez me pregunto si en verdad no estoy presenciando el fin de los tiempos. Y creo que en cierta manera es verdad: estamos viviendo una época de cambios y transiciones y mucho de la vida que una vez conocimos ha cambiado de manera irreconocible o desaparecido completamente. Me es muy difícil no sentirme abrumada y pesimista, aunque puedo racionalizar el aspecto espiritual/karmático, ver la lección, buscar lo positivo, mantenerme en el presente. Pero a veces, allá, en el fondo del alma, donde viven las verdades crudas a las que no les importa un pito las reglas de las mentes positivas, lloro. Porque duele. Y porque todo lo que sé  no siempre es suficente.

 

En esos momentos y dependiendo mi estado de ánimo, me funcionan unas cuantas cosas. Llorar a moco tendido. sin pena, sin juzgarme, sin recriminar mi aparente debilidad. Otra cosa que me funciona es buscar noticias positivas, de gente ayudando a gente, trabajando por el bien común, superando retos, y me repito como un mantra: hay gente buena. Hay gente buena en cada esquina, en cada calle, ciudad, estado, país. Hay gente buena trabajando calladita en aras de un mundo mejor. También me rodeo de belleza y procuro ver la belleza en todo lo que me rodea. El dicho budista, “esto también pasará” ha sido de ayuda. Igualmente lo ha sido el mantra Om Padme Om y la oración de San Francisco, “hazme un instrumento de tu paz”. Ver programas cómicos ayuda a soltar endorfinas y a recordar lo compleja que es la vida, en donde ser humano significa reír y llorar casi que al mismo tiempo. En mi caso en particular, escribir poesía acerca de lo que me entristece o enoja es una gran válvula de escape para mi corazón. Aceptar que no puedo cambiarlo todo, pero tratar lo que sí puedo me da la oportunidad de relajarme por un lado y de actuar por el otro.

 

No hay una única estrategia para lidiar con el peso del mundo. Y no siempre funcionan. Yo estoy aprendiendo a no culparme cuando eso sucede -a no sentirme como un fracaso o un ser débil Una de mis maestras una vez dijo: las lágrimas son sagradas. Y estoy de acuerdo, sobre todo las que nacen del sentir del dolor ajeno. Esas son lágrimas de amor verdadero, que hacen palpable el ideal de que todos somos Uno, hermanos, la gran familia humana. Lloramos porque amamos a ese desconocido, a ese animal, a esa montana arañada hasta el desgaste en busca de oro. Y en cierta manera esas lágrimas me sirven de consuelo, porque me recuerdan que, a pesar de toda la acidez de la vida, aun siento y estoy viva, plenamente. Y con la vida, siempre hay esperanza.

 

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