@karembarratt

 

M y R Malta 1

Hola a todos, feliz inicio de semana. Estos últimos días me han llegado (o me he topado con ellos) posts sobre lo difícil que es ser mamá y yo me puse a pensar y por más que le di a la testa no pude encontrar ejemplos contundentes acerca de cuan difícil me fue en los primeros años de mi hija. Cierto, Rebecca es hija única y yo fui mamá de casa, así que me ahorré lo de dos o tres chiquillos gritándome en la oreja y la corredera de la oficina a la casa. Pero quitando contadas anécdotas (el primer año de bachillerato fue particularmente difícil para Rebe y por alguna razón también lo fue segundo grado) no puedo, de corazón, decir que ser mamá se me haya hecho particularmente difícil. Trabajoso, sí, pero un trabajo llevadero.

Y entonces me di cuenta de la clave que le falto a mi ecuación: el apoyo y reparto de responsabilidades que me dio y me da mi esposo.

Martin no me “ayudó”. Desde el principio tomo ciertas tareas referentes a Rebecca y las hizo suyas. Cuando decidí estudiar en la universidad abierta de aquí, a los pocos meses de nacida Rebecca, ahí estuvo él para abrirme tiempo y espacio. Cuando decidí entrenarme como ministro interfe, se hizo cargo de Rebecca por fines de semanas completos y hasta semanas, mientras yo completaba los estudios. Hasta el sol de hoy Martin es copartícipe en la educación y crianza de Rebecca, no solo en lo serio, si no también en lo ameno. Sin él mi experiencia maternal seria otra, probablemente más estresante y retadora.

Creo que todos tenemos a un Martin en nuestras vidas: esas personas que nos meten la mano, nos apoyan, nos ayudan y nos permiten ir tras nuestras metas. Quizás no sea una persona si no varias, los que con mucho o poco enriquecen nuestras vidas en el día a día. Así que la invitación de esta semana es dar gracias a sus Martines personales, ya sea con palabras o gestos y reconocer (y agradecer) que sin ellos en nuestras vidas, la historia seria otra, más difícil, más oscura y menos bella.

 

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