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Por @virginiaescobar

 

A diferencia de la mayoría de las hadas, Habetrot es un hada viejecita, de pelo canoso y desaliñado, de labio largo y deforme y nariz prominente. No penséis por su descripción que se trata de una bruja, basta oírla para saber que estamos ante una de las hadas más tiernas y bondadosas con el ser humano.

Creo que nos sorprendería si pudiéramos ver el mundo que las hadas han creado bajo tierra, porque es allí, en el interior de una cueva, donde Habetrot tiene montada una hilandería junto con otras viejecitas. Al mando de todas ellas se encuentra Habetrot, la hada protectora de la hilandería. Hace años que dedican sus horas a este arte manual y por eso tienen algunos defectos. Algunas tienen el labio deforme, como la vieja Habetrot, de tanto lamer la hebra para hilar; otras los dedos torcidos, los pies enormes de pisar la rueca o el pulgar achatado. El hombre se cree muy moderno porque descubrió el trabajo en cadena, pero ¿se imaginan hace cuánto tiempo que funciona esta hilandería con esta técnica?

El mérito de esta hilandería, aparte de la calidad de su trabajo, es que dedican parte de su tiempo a ayudar a los mortales, sobre todo a las doncellas torpes con la rueca que no quieren hilar. Antes las madres se empeñaban en enseñar a las hijas a hilar, cocinar y otros trabajos “supuestamente” femeninos. Por aquellos tiempos nuestras hilanderas no daban abasto, ante el agobio de las hijas. Supongo que ahora, con el cambio de la mujer en la sociedad, tendrán menos trabajo, porque ya ninguna joven se molesta en aprender a coser, tejer o hilar. Ahora compras la ropa hecha y si tu marido te pide que le cosas un botón le convences de que no eres su criada. ¡Cómo han cambiado los tiempos, Dios mío! La mayoría de los relatos sobre nuestras amigas se escribieron mucho antes de que la mujer supiera lo que es la “buena” vida moderna, es decir, hacer las mismas cosas que antes en la casa pero trabajando en la calle.

Pues bien, cuando antaño las madres se empeñaban en que sus hijas aprendieran y éstas demostraban ser unas inútiles, las jóvenes invocaban a esta hada para que viniera en su ayuda. Por si alguna joven está leyendo esto y necesita de su ayuda, que sepa que los mejores días para invocarla son los 14 y 21 de cada mes, cuando sale a la superficie. Para ello deberás sentarte sobre una piedra agujereada, pronunciar su nombre, Habetrot, y pronto aparecerá esta hada a preguntarte por qué la necesitas.

Dicen que esta hada otorga dos virtudes, la paciencia en el trabajo artesanal y precisión en la labor. Cuando concede estas virtudes a una joven y ésta es tan torpe que ni así aprende, se rinde, coge las madejas de lino y las lleva a su cueva, donde las viejas hilanderas trabajan para ella.

En todos los cuentos en los que interviene Habetrot hay siempre un punto en común, una joven doncella que no sabe hilar y necesita esta cualidad para casarse. Me he preguntado leyendo estos relatos por qué precisamente ayudan a las jóvenes casaderas. Creo que el motivo es que las hilanderas de Habetrot son viejecitas que no encontraron de jóvenes maridos por no saber hilar, con el tiempo aprendieron y ahora se dedican a ayudar a jovencitas en su situación. Ésta es una teoría mía sin fundamento, pero no me parece tan descabellada.

Entre los relatos que hablan de hilanderas que ayudan a jovencitas, los hermanos Grimm escribieron uno, Las tres hilanderas. Recordemos el cuento de Grim, y como siempre, aconsejo leer al maestro.

Hace ya muchos años, aunque todavía todos recuerdan esta historia, una madre intentaba todos los días que su hija aprendiera a hilar, pero ésta no quería. Los gritos de la madre y la rebeldía de la hija se escuchaban a diario, hasta que un día, cansada la madre de la pereza de su hija, le dio una bofetada. La joven gritó y se puso a llorar, en parte porque le dolía y en parte de la rabia que sentía por tener que aprender algo que no quería. Dicen que quiso la casualidad que pasara por allí la reina, que paró su carroza para saber de dónde venían el griterío. La madre se sentía avergonzada y mintió a la Reina para que no supieran todos lo haragana que era su hija, diciéndole que el motivo de su llanto era que quería hilar todo el día, pero ella era tan pobre que no podía comprarle el lino necesario para su afición. La reina sintió pena de la joven y le dijo que no se preocupara, que la llevaba con ella a palacio y allí podría hilar todo lo que quisiera.

La madre sonreía llena de orgullo, pero la hija agachó la cabeza y aguantaba las lágrimas. En silencio acompañó a la Reina y, en cuanto llegaron a palacio, la Reina la llevó a uno de los aposentos. Una montaña de lino cubría la habitación entera.

– Mira cuánto lino, hija mía. Si hilas todo lo que hay en esta habitación y demuestras ser tan hacendosa como dicen, te daré a mi hijo por esposo, porque no hay mejor esposa para un príncipe que una mujer laboriosa y obediente.

La niña calló ante la Reina, pero cuando ésta cerró la puerta empezó un llanto amargo que nadie pudo consolar. Tres días estuvo llorando. Todos los días la Reina se asomaba a ver el trabajo, y ésta le contestaba que no podía trabajar todavía, que echaba de menos a su madre. Al finalizar el tercer día se asomó a la ventana, tres ancianas muy peculiares pasaban por debajo de su ventana. Una tenía el labio colgando, la otra el pulgar gordo y deforme, la tercera andaba dando traspiés porque uno de sus pies era ancho y plano.

– ¿Por qué lloras, niña, no sabes que las lágrimas estropean el rostro?

Y les contó su desgracia. Las ancianas se miraron y se ofrecieron a ayudar a la joven. Ellas le prometieron hilar todo el lino por ella, pero a cambio debía invitarlas a su boda. La joven prometió cumplir la promesa. Y en unos minutos ya estaban hilando las tres ancianas. Las madejas empezaban a tomar forma una tras otra, todas perfectamente extendidas y esponjosas. Cuando terminaron la doncella llamó a la Reina, que miró maravillada el trabajo de la niña. En pocos días organizaron la boda, y si contenta estaba la Reina más contento estaba el joven príncipe al ver a una joven tan hacendosa.

– Me casaré contigo, pero tienes que dejarme invitar a unas primas mías que me criaron de pequeña a las que le debo esta cualidad que tengo.

Y así se hizo. Dicen que la joven iba preciosa con su traje blanco, su larga cola y un velo bordado cubriendo su cara. Y también aparecieron las tres ancianas, vestidas con sus mejores galas.

– Venid, primas mías, que os voy a presentar a mi marido.

El príncipe las miraba sorprendido de lo feas que eran. Les saludó educadamente y les preguntó:

– ¿Por qué os cuelga tanto el labio?

– Es de tanto lamer la hebra. Como tu joven esposa, también a mí me gusta mucho hilar.

– ¿Y por qué tenéis un pie tan ancho?

– De tanto girar el torno, a mí también me gusta mucho hilar.

– ¿Y por qué tenéis el pulgar tan achatado?

– Yo me encargo de torcer el hilo. Hilar es la pasión de nuestra familia.

El joven príncipe miró a su esposa. Vio lo hermosa que era y se la imaginó con el labio torcido, el pulgar achatado y el pie plano, y entonces dijo:

– Amada mía, nunca más volverás a tocar una rueca.

Y dicen que fueron felices toda su vida.

Fuente: El Mundo de las Hadas

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