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@virginiaescobar 
La tradición no solamente implica el legado sapiencial de nuestros ancestros, sino que también supone seguir custodiando la antorcha del fuego del espíritu. Y es precisamente en estos tiempos de poder cuando más hay que comprender que nuestros antepasados portaban en sí mismos la esencia de la tradición; una visión espiritual y trascendental de la realidad. Entender esto es recorrer la mitad del camino hacia Samhain, la festividad más importante en el calendario de los pueblos celtas. Samhain es el tiempo de los espíritus, del reencuentro, del sacrificio y la prosperidad. Se trata de un periodo de tiempo en el que las barreras entre los mundos se vuelven más delgadas que nunca, por lo que la magia y las entidades fluyen desde el Otro Mundo hacia el nuestro.
Nosotros entendemos actualmente el año como la transición entre cuatro estaciones diferenciadas, sin embargo esto no era así para los hombres y mujeres que nos precedieron. Para los antiguos pueblos, especialmente aquellos de origen celta, el año tenía exclusivamente dos mitades; el Verano y el Invierno. Samhain suponía el final de una Rueda y el comienzo de la siguiente, la transición entre el Verano y el Invierno. Por esta razón la propia palabra hace referencia al fin del Verano, pero también al concepto de reunión; de reencuentro que se establece entre los miembros de la tribu, entre los dioses y los hombres, y entre los vivos y los muertos. Las cosechas del verano debían estar correctamente almacenadas, los animales destinados a la matanza habían de ser seleccionados y las gentes habrían de prepararse para la llegada del frío del Invierno y del tiempo de la oscuridad y los muertos. Las hogueras debían ser prendidas.

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