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@karembarratt

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De seguro que, si tienes algún tiempo paseando por las redes sociales, habrás leído la historia del jefe indio/monje/sabio a quien le preguntan cómo controlar al aspecto negativo en nosotros y este dice que en cada persona hay dos lobos, uno negro y otro blanco y el más fuerte será el que alimentes más. No me voy a meter con el estéreo tipo de lo negro como malo y lo blanco como bueno. Pero hay algo en esta historia que siempre me ha molestado y creo que ya sé que es.

Es una historia cruel que no puede haber sido contada por nadie con sabiduría. Verás, un sabio es básicamente un observador, profundo, de la vida. Y un sabio comprende que una de las cosas que llevara a cualquiera, así sea una metáfora espiritual, a la desesperación, a dar el todo por el todo, a jugarse a Rosalinda y lanzarse contra el enemigo porque siente que ya no tiene nada que perder, es el hambre.

Fue el hambre lo que hizo que los crueles, pero leales perros de Ramsey se lo comieran vivo en Juegos de Tronos. Ha sido el hambre lo que ha dado las ultimas fuerzas a pueblos oprimidos para levantarse contra el opresor, con machetes y hachas enfrentándose a cañones y pistolas. Ese lobo negro muriendo de hambre dentro de ti, aullará, morderá, rasgará, llorará, pateará, destruirá lo que tenga a su paso, morderá lo que parezca comida, así sea esto parte de tu cordura o de tu alma. Yoda dijo que el miedo lleva a la rabia, la rabia al dolor y el dolor al sufrimiento -y todo esto al lado obscuro de la Fuerza. Pero el gran Yoda olvidó algo: la supresión. Es la supresión y aceptación hacia estos sentimientos que inician la bola de nieve que puede terminar convirtiéndote en Darth Vader.

Por otro lado, tenemos al lobo blanco, sanote él, con pancita y todo, siendo alimentado mientras presencia la agonía de su hermano, así como que de lo más tranquilo. ¿Qué clase de ser puede observar tanto sufrimiento y no tratar de amainarlo, así sea un poco? Te diré cual: uno que no es realmente bueno. Cualquiera que se crea buena gente y permita sumo sufrimiento a otro, haya sido este el hijo perdido del diablo, y peor, se regocije con él, ya ha perdido parte de su humanidad y de su cacareada bondad. El que no siente compasión ante el sufrimiento, venga de donde venga, no está conectado a su luz. Puede que, en un momento inicial, tenga una sensación de justicia que le dé una chispa de satisfacción, particularmente si el “castigo” es rápido y limpio. Pero cuando caemos en la tortura, mental o corporal, en la burla y la humillación, en extender el dolor, en escuchar gritos lastimeros y no dar ni un vaso de agua (razón por la que detesto eso de que “al enemigo ni agua”), nuestra nívea pelambre blanca comienza a sacar pelitos negros, a veces manchas completas y cuidado si no cambiamos todo el pelaje por la falta de compasión, por carencia de eso que los viejitos de antes llamaban “caridad cristiana” así uno sea pagano. Y cuando hacemos esto a una parte de nuestro ser, estamos cayendo en el auto-odio, desde el cual es bien difícil conectarse al amor.

¿Entonces, que hacer con el lobo negro? Lo primero (y aquí voy a sonar a monjita en protesta) es amarlo incondicionalmente. Y antes de que peguen el grito al cielo, vamos a aclarar lo que para mí significa incondicionalmente. No es tanto que te amaré hagas lo que hagas y me quedaré contigo por siempre y encubriré tus metidas de patas, porque yo soy así, una santa. Es que te amaré incluso cuando las condiciones no estén dadas para hacerlo. Aunque ni tu y yo seamos irreprochables. Aunque no apruebe lo que hiciste y sea yo la que te lleve a la policía y luego te visite los domingos en la tardea la prisión. Te amaré desde mi propia imperfección. Te amaré desde la ausencia, si las circunstancias aún no están dadas para estar juntos, porque aún hay rabia y dolor. Te amaré, mi lobito negro porque eres tan parte de mi como el lobito blanco, y los dos estamos de acuerdo que, bajo ninguna circunstancia, te haremos sufrir algo tan cruel como matarte de hambre, por ser quien eres.

¿Pero qué podemos hacer en la práctica? En el cuento el jefe indio dijo “al que alimentes más” pero realmente no habla de dejar de alimentar al lobo negro. Quizás haya que cambiarle la dieta. Si estamos de acuerdo en que el lobo negro representa las cosas que consideramos como defectos en nosotros, como la rabia, la flojera, la envidia, qué se yo, entonces quizás podamos utilizar dichas cualidades de manera más positivas, así como el Increíble Hulk.

A lo mejor en vez de perrarina de rabia, le demos perrarina de deseo de luchar por causas sociales, donde esos gritos y cara de pocos amigos pueden ser de utilidad, pero están canalizados por objetivos útiles y por un grupo y su líder. Una de las cosas que alimenta la flojera es todo el tiempo que uno pierde pensando en lo que debería estar haciendo. Así que la solución podría ser hacer las tareas lo más temprano y rápido posible y luego renombrar la “flojera” como terapia anti estrés, realizada sobre el sofá. En cuanto a la envidia, pues podemos darle un giro y en vez de envidiar objetos y riquezas, ponemos la envidia en valores e ideologías de personas honorables y tratamos de copiarlos y superarlos. Quizás sea medio hipócrita al principio, pero la fuerza del habito puede crear grandes realidades. ¿Eres un gran mentiroso? Trabaja en publicidad, en el teatro, escribe un libro. ¿Eres muy mujeriego? Metete a mormón y ten cuatro esposas (okey, aquí estoy bromeando).

Por otro lado, mientras más fuerte sea tu lobo blanco, mejor podrá apoyar y balancear a tu lobo negro. Así que trata de que el blanco sea unos kilitos más pesados que el negro. Perdona y corrige los errores y enmiendan el daño que el lobito oscuro pudiera causar, con piedad y entendimiento y trata, en lo posible, de no ponerlo en situaciones que lo sobre estimulen (ya sabes, como la luna llena). Tal vez sea más fácil hacer esto si en vez de verlos como grandes lobos, los visualizas como un par de regordetes cachorros. Pero, en cualquier caso, acéptalos a ambos, ámalos y permíteles expresarse de la mejor manera posible. Porque ellos son los dos pilares que sostienen tu alma, el claro obscuro que te hace humana y prácticamente perfecta, como una obra de Da Vinci a media luz.

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