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En tiempos prehistóricos, el agua salía de las rocas que se utilizaron para construir Stonehenge, y se sabe que hasta entrado el siglo XVIII, muchos visitantes arrancaban esquirlas para utilizarlas como talismanes.

”Se creía que esas piedras particulares tenían propiedades curativas porque en Preseli (Gales) había muchos manantiales sagrados de los que se creía que tenían cualidades terapéuticas”, afirma Darvill.

Según algunas leyendas británicas medievales un mago pudo utilizar sus poderes para traer aquellas piedras mágicas desde el oeste de las Islas Británicas.

Darvill propone que los seguidores modernos de los druidas que celebran anualmente en Stonehenge el solsticio de verano en la creencia de que continúan la tradición deberían, por el contrario, llevar a cabo sus viejos rituales en invierno, cuando los antepasados creían que ese lugar sagrado lo ocupaba Apolo.

Varios autores romanos como Plinio el Viejo y Julio César se refirieron a los druidas y alguno de ellos señala que iban vestidos de blanco.

La costumbre de estos sacredotes celtas de transmitir sus conocimientos sólo de forma oral envuelve, aún más si cabe, a estos hombres de un aura de misterio.

Plinio lo describió así: ”Los druidas, pues así llaman a sus magos, nada tienen más sagrado que el muérdago y el árbol que lo porta. A causa de este árbol, sólo eligen bosques de robles y no cumplen ningún rito sin la presencia de una rama de este árbol” (además, el muérdago lo cortaban con una hoz de oro).

El primero en vincular Stonehenge con la religión de los antiguos celtas fue el británico William Stukeley a comienzos del siglo XVIII, y ya a finales de ese siglo se estableció un culto neopagano relacionado con los viejos druidas.

Stonehenge tiene una misteriosa historia de 5.000 años de antigüedad que destaca por ser escenario mágico donde los druidas celebraron los solsticios ademas de otras ceremonias religiosas durante su época de esplendor.

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