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Como todos los poseedores de conocimiento hermético en el mundo, los druidas estudiaban los acontecimientos “sobrenaturales” del universo; siempre apegados a los árboles y los bosques, los druidas tenían un conocimiento de las fuerzas naturales muy avanzado, por lo que comúnmente se los representa rodeados de árboles y animales (en especial de un lobo un halcón y un venado) o con cuernos de ciervo en la cabeza.

El culto de los árboles y la comunión con la naturaleza se decía que daban al druida lucidez mental y espiritual, que además le proporcionaba capacidades especiales como invocar tormentas, control de su longevidad o transformarse en cualquier animal o planta, entre muchas otras cualidades.

La magia druídica además se dividía por corriente energética, lunar y solar, algo parecido a la representación occidental de magia negra y magia blanca, pero no categóricamente igual, pues estas en vez de repudiarse se complementaban.

El druidismo tenía una fuerte construcción de jerarquías, en la que el iniciado debía vivir un periodo largo de tiempo apartado de la comunidad en el bosque, y posteriormente residir entre los árboles más que en el pueblo, para alcanzar una sabiduría y simbiosis con la naturaleza, que era de donde provenían sus capacidades mágicas.

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