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@KaremBarratt

.paola bracelet

 

Recientemente regresé al Seminario Interfé en donde me ordené, ahora como mentora para la nueva clase. El primer día de entrenamiento, teníamos que llevar algo significativo para nosotros para ponerlo en el altar –algo que se me olvido por completo. Sin embargo, esa mañana cuando me vestí, me puse el brazalete que me hizo mi hermana y el cual normalmente llevo cuando estoy en funciones ministeriales. Mientras los otros mentores hablaban sobre su ofrenda para el altar, yo vi a mi brazalete y de repente se me prendió el bombillo.

Aparte de mi esposo y en cierta medida mi hija, nadie de mi familia inmediata ha entendido esto de ser una ministra Interfé. De hecho, mi madre tuvo serios problemas con la idea y no es sino hasta hace poco que ha aceptado que yo medio mencione lo que hago cuando hablo con ella. Mi papa y mi hermano no han sido particularmente hostiles a la idea, pero tampoco han demostrado mucho interés. Y mi hermana ha sido muy civilizada al respecto, pero hasta ahí. O al menos eso pensé.

Mientras me quitaba el brazalete esa mañana para ponerlo en altar por la duración del entrenamiento, me di cuenta de todo el cuidado y trabajo que puso mi hermana en hacerlo. No solo había incluido una cruz y un buda (lo que son símbolos mas o menos populares) si no que también había puesto la “mano de Fátima” una imagen musulmana muy querida y el árbol de la vida, símbolo espiritual para muchos paganos, incluyendo el paganismo y el wicanismo.

Ahora, mi hermana es una profesional, esposa, madre e hija sumamente ocupada. En los tres ultimo años mis dos sobrinas han presentado serios problemas de salud. Y mis padres viven con ella. Es una católica practicante, aceptante de otras creencias. Hasta donde si ella (ni el resto de la familia) ha tenido muchas dudas sobre su fe, o se ha preguntado sobre la existencia de Dios o no; o ha sentido curiosidad sobre la realidad más allá del misterio; o pensado que a lo mejor a Divinidad es una alegre gordita negra o que quizás no seamos más que cerebros en una jarra conectados a una computadora que ha creado esta realidad virtual –es decir, alguna de las muchas preguntas que han pasado por mi mente en los últimos 25 años.

Mi hermana recibió mi noticia sobre el seminario Interfé con la misma placidez con la que acepto mi foto del “verdadero Jesús” (historia larga) en mi época evangélica y mis cristales energéticos en mi época pre y post evangelismo. ¿Significa que ella me entiende del todo? No. Pero me quiere. Y comprende que este loco, torcido y misterioso caminar spiritual es importante para mí.

Así que, en medio de su ocupada vida, mi hermana encontró tiempo para averiguar un poco sobre símbolos espirituales y hacerme un precioso brazalete como regalo de Navidad. Y a medida que expresaba estas ideas a mi grupo de mentores, esa mañana de entrenamiento, me di cuenta de la lección que ella me estaba dando.

No tenemos que entender completamente a la gente que amamos. No tenemos que estar de acuerdo con todos sus valores y creencias. No tenemos que compartir un punto de vista y una visión exacto de la vida. No tenemos que ser gemelos mentales o espirituales, para estar ahí, por y con ellos, apoyándolos a nuestro modo y medida. El amor es lo suficientemente grande para aceptar las diferencias; lo suficientemente fuerte para sobrevivirlas; y lo suficientemente flexible para florecer a pesar o quizás debido a ellas. Es en el amor en lo que tenemos que enfocarnos. Cultivemos al amor y sus frutos (apoyo, cuidado, alegría) se darán naturalmente. El mejor suelo para el amor verdadero es la aceptación plena. Y el mejor alimento para nutrir al amor es el respeto sincero.

Lo sé, lo sé, yo también tengo “Ay si, descubriste a América” en la cabeza mientras leo lo que acabo de escribir. Todos sabemos que debemos amar y respetar a la gente, particularmente a los seres queridos. La pregunta es: ¿lo hacemos? Y más importante, ¿lo demostramos lo suficiente? Hace unos años vi un programa de TV que me sacaba de quicio y me ponía el “Jesús” en la boca cada tres minutos. Era sobre un joven empeñado en llevar hazañas peligrosísimas (y para mi sin sentido) y su paciente papá, quien lo ayudaba. Ahora el papá era un señor normalito, que no estaba de acuerdo con las loqueras del hijo pero que entendía que, con el o sin él, el muchacho iba a realizarlas. Así que optó por ayudarlo, para asegurarse que el hijo iba a estar lo más seguro posible. En lo particular, detesté el programa y hubo veces en que me provoco agarrar al hijo a bofetadas, por imprudente. Pero adoré al padre,

Si, habrá algo que nuestros queridos hagan que no podremos apoyar ni un milímetro. Quizás haya circunstancias en que lo único que podamos hacer es alejarnos de ellos. Pero esos son raros extremos. Y aun en esos casos, hay maneras de mostrar el amor a la persona sin apoyar la acción.

La mayoría de nosotros, sin embargo, vivimos vidas normales, con negros, blancos y grises. Y muchas veces dejamos que cosas pequeñas creen barreras entre nosotros y los que amamos, muchas veces cegados por la terquedad, el orgullo, el miedo o falsas expectativas. Okey, la muchacha rehusó ir a la Universidad y el Esposito dejó el vaginismo y se la pasa ahora en McDonalds y la abuela tiene ahora un novio 30 años más joven que ella. ¿Te tiene que gustar lo que hacen? No. Deberías preocuparte por ellos? Quizás. Debes amarlos y respetarlos a pesar de estar en complete desacuerdo con sus elecciones. Oh sí.

Puede que las cosas funcionen o no. Que surjan problemas o no. Que estén cometiendo el mayor error de sus vidas o no. En cualquier caso, tú tienes dos opciones: defender tu punta de vista y declarar la Guerra. O abrirte al entendimiento, la aceptación y el respeto. Alimentar al amor. Nutrir al amor con todas tus fuerzas. Encontrar tu propia versión del brazalete y hacerles saber que, llueve o relampaguee, tu estas ahí. No los entiendes, no lo apruebas y piensas que están chiflados. Pero estas ahí, por y con ellos. Como la “chiflada/oveja negra” de la familia, créeme: el que tú estés ahí será realmente, profundamente, amorosamente apreciado. Por siempre.

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