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Es un cuento muy sencillo pero con una enseñanza muy actual, les puede resultar familiar pues a alguien habrán observado en estos menesteres.

“La vida no es fácil para nadie y, por supuesto, tampoco para un burrito y menos en montañas altas  donde la vegetación escasea. Nuestro protagonista era un burrito confiado y simpático, con sólo  unos meses de vida, pero muy perspicaz. Iba buscando alimento cuando se dio cuenta de que un lobo venía por él. Antes de que el lobo se lanzara a su cuello a darse el gran festín con su joven  cuerpo, dijo:  – Detente, amigo. No seas tonto. Estamos a finales del invierno y ha habido tan pocos pastos que  mi cuerpo es sólo un conjunto de huesos casi pelados. Pero ahora llegará la primavera y podré alimentarme bien. Si me dejas vivir hasta el otoño, entonces sí que podrás disfrutar con mi carne, porque habré engordado varios kilos.  – No es mala idea, aunque seas un asno. Pero prométeme que estarás en este mismo sitio en el plazo de medio año.  – Te lo prometo, amigo lobo. Te aseguro que aquí me tendrás en cuanto se cumpla medio año a partir del día de hoy.  Al crudo invierno siguió una luminosa primavera. Eran las noches estrelladas y los amaneceres  límpidos e inspiradores. El burrito había encontrado mejores pastos con los que alimentarse. Y  llegó el otoño, porque el tiempo sigue inexorablemente discurriendo. El lobo era un animal de  buena memoria y decidió que ya era hora de darse un gran banquete con un plato tan sabroso como  el burrito. Cuando iba en su búsqueda, el lobo se encontró con su amigo el zorro.  – ¿Adónde vas?  – Hay un burrito que voy a matar para comérmelo.  – Pero un burrito es muy grande. ¿Puedo yo comer algo de él contigo?  – Sí -repuso el lobo-, algo habrá para ti.  Iban caminando el lobo y el zorro, relamiéndose ya, cuando una liebre se coló entre sus patas.  – ¡Hola, amigos! -saludó afectuosamente la liebre-. Veo que están muy contentos. ¿Puede saberse  por qué?  – Vamos a preparar un festín con un burrito al que vamos a encontrar en seguida.  – ¡Vaya, vaya, con lo que me gusta la carne de burro! Yo como poco. ¿No podrían invitarme a una  ración de carne de burro?  – Está bien -dijeron el lobo y el zorro-. Algo podremos dejar para ti.  El burrito, además de perspicaz, era muy sensible. Estaba contemplando el paisaje cuando llega-  ron los otros animales. En cuanto el lobo vio al burrito, se dispuso a saltar sobre él. Pero la  liebre dijo:  – No te precipites, amigo lobo. Conozco como atacas a tus presas, lanzándote a su cuello y desperdiciando su sangre. Somos tres en esta ocasión y no hay que perder una sustancia tan nutritiva como la sangre de un burrito. Propongo que le estrangulemos.  El lobo y el zorro estuvieron de acuerdo. La liebre cogió una cuerda y con la misma hizo un nudo  corredizo en un extremo y otros dos en el extremo opuesto.  – Yo sé bien cómo vamos a poder estrangular al burro -dijo la liebre-. Lo importante es que acopiemos fuerzas entre los tres para ahorcar al asno.  La liebre colocó un nudo corredizo en el cuello del burrito y los otros dos nudos del extremo opuesto de la cuerda los colocó, respectivamente, en el cuello del lobo y del zorro.  – Vosotros tiraréis así con fuerza de la soga, en tanto yo os ayudo tirando también de ella con  mis poderosos dientes -explicó la liebre.  – Eres muy astuta -dijeron el lobo y el zorro.  – ¡Preparados! -alertó la liebre-. ¡Ya!  El lobo y el zorro comenzaron a tirar con todas sus fuerzas, pero cuando el burrito notó que su  nudo corredizo empezaba a apretarle el cuello, salió corriendo, espantado. En ese momento los  nudos corredizos del lobo y el zorro se estrecharon y les estrangularon.  Muy feliz, la liebre regresó a su madriguera. Había conseguido salvar a su amigo del alma, el  burrito. Durmió a pata suelta.”

Moraleja: El tramposo termina por caer en su propia trampa.

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