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El tema de la meditación es ampliamente conocido, sin embargo, cuando tomamos la decisión de meditar por primera vez, puede que nos quedemos de brazos cruzados o que necesitemos ir a algún sitio en especial que nos enseñen como hacerlo.  En la actualidad, debido a las condiciones externas a las que estamos expuestos, se hace necesaria esta práctica, aunque para muchos no se sienten a gusto con la idea.

En el Yoga, la meditación es un ejercicio superior que nos lleva, por el camino del dominio de  la mente, a la percepción de lo trascendente. Sin embargo, aunque parezca una tarea psicológica, sin una buena condición física, para relajarnos en la postura idónea, no estaremos preparados para entrar a fondo y sin perturbaciones en la experiencia meditativa.

En cualquiera de las técnicas de meditación que empleemos, siempre hay unos principios comunes: Primero, la Postura correcta. Espalda derecha, piernas cruzadas (si es posible) con las rodillas tocando el suelo. Vientre relajado y levemente sobresalido.  Manos juntas en el regazo, con los pulgares en contacto, o reposando cada una sobre una pierna.  Hombros suavemente hacia atrás, con el pecho abierto, codos despegados del cuerpo. Mentón metido y cabeza equilibrada, sin caer adelante o atrás. Ojos entreabiertos, con la mirada en reposo  hacia el suelo, sin fijarse.  Labios sin apretar, lengua hacia el paladar, relajadamente.

Al sentarnos, vamos repasando estos puntos, y tratando de ejecutarlos sin tensión. Si algo no  podemos hacerlo, encontramos una variante.

A continuación, tomamos conciencia general de la postura adoptada y relajamos los puntos clave: boca, mandíbula, manos, hombros, nuca y abdomen. Entonces entramos en el segundo punto: la Respiración.

Esta debe ser natural, sin forzarse, ni dirigirse o manipularse. En el primer lapso de tiempo,  en cuanto nos sentamos, nos tranquilizaremos y centraremos, siguiendo el flujo del aire que entra y sale de nuestro cuerpo. Así cortamos con las distracciones más fuertes que traemos desde  nuestras actividades anteriores y nos calmamos confortablemente.  Ahora la mente y el cuerpo están a punto para canalizar sus energías dentro de un sendero de  meditación, sea la observación del aquí y ahora sin apegos o alteraciones, o sea una técnica de  concentración determinada. En cualquier caso, es muy aconsejable introducir un tercer punto de  preparación.

Este es a nivel propiamente mental: generar una Intención consciente con respecto a la práctica  que estamos iniciando.  Se trata de emitir unos pensamientos que resuman nuestra toma de conciencia de lo que estamos  comenzando a realizar. Esto se llama determinar nuestra motivación para practicar, y los pensamientos que formulemos, influirán en la calidad de nuestra experiencia de meditación. Cuánto  más elevada sea nuestra motivación, más rápidos y beneficiosos serán los efectos de nuestra  práctica.

Una vez generada esta actitud interior consciente ante la Práctica, nos introducimos en ella,  tal como corresponda a la técnica que hayamos elegido. En cualquier caso, mantendremos una condición de presencia despierta, de atención y naturalidad, sin tensiones.  Siempre hay que ir encontrando el equilibrio entre la agitación y dispersión, por un lado, y la  lasitud y la somnolencia, por otro. Si nos fijamos en exceso en nuestro objeto de concentración, vamos a crearnos crispación. Si somos demasiado flojos en las riendas de nuestra atención, nos perderemos en sueños y fantasías. De vez en cuando, durante la sesión, nos observaremos, y trataremos de situarnos en un punto medio, de atención consciente, sin rigidez ni abandono, a partir de nuestro método elegido de meditación.

El sentido del humor y la espaciosidad de espíritu, la tolerancia, siempre son esenciales.  Cuando perdemos nuestro rumbo, no hay que consumir energías en auto-reproches ni en pensamientos comentario, sino volver sencillamente a retomarlo.

Al ir terminando, es aconsejable, de nuevo, generar un pensamiento consciente, con el objeto de  recoger nuestras energías y comprensiones (quizás sean sólo semillas imperceptibles ahora) y  darles una finalidad. Es decir, nos detendremos a tomar conciencia de los efectos de la práctica, y decidiremos su utilidad última.  Esta Dedicación positiva consciente, protege el caudal de efectos de nuestra práctica, y hace  que no se diluyan, sino que se mantengan y aumenten en el continuo de nuestra mente y memoria.  Si, además, esta dedicación tiene presentes a otros seres, con el deseo de compartir con ellos  nuestros beneficios, estaremos abonando nuestro campo de energía espiritual, en el que recogeremos la más genuina e incondicional felicidad.

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