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De los oráculos más famosos de la antigüedad griega fueron los de Delfos y Latona, aunque abundaron en todo el mundo antiguo. Delfos, estaba situado en un gran recinto sagrado al pie del monte Parnaso. De las rocas de la montaña brotaban varios manantiales que formaban distintas fuentes. Una de las más conocidas era la fuente de Castalia, la cual estaba rodeada por un bosquecillo  de laureles consagrados a Apolo. Cuenta la leyenda que en el monte Parnasoy cerca de esa fuente se reunían algunas divinidades, diosas menores del canto y la poesía, las musas junto con las divinidades de las propias fuentes, llamadas náyades. En estas reuniones el dios Apolo tocaba la lira y las divinidades cantaban.

La palabra Delfos significa vientre, y habría sido elegida por la forma de la caverna existente en dicho lugar, cuya abertura que se hallaba en su interior llevaba a las profundidades de la tierra. Los griegos consideraban al Oráculo de Delfos el ombligo de la tierra, y a ésta un inmenso ser vivo personificado por la diosa Gea o Gaia. La conexión entre el principio de la revelación oracular y el oculto significado del ombligo es un importante secreto que forma parte de los antiguos misterios.

Parece que el nombre original del Oráculo fue Pitón, por ser aquel lugar la morada de la gran serpiente de ese nombre. Apolo, después de escalar el monte Parmaso, tras un prolongado combate mató a la serpiente Pitón y arrojó su cuerpo en la fisura de la cueva. A partir de ese momento, el Dios Sol con el nombre de Apolo Pítico, comenzó a emitir sus oráculos desde aquel hermoso lugar . Pero el espíritu de Pitón permaneció en Delfos y era con ayuda de sus efluvios como las sacerdotisas de Apolo (pitias o pitonisas) entraban en contacto con el dios.

Se sabe que la elección de las vírgenes sacerdotisas del Oráculo se hacía sin ninguna distinción de clases. A la candidata sólo se le pedía que su vida y sus costumbres fueran irreprochables. El nombramiento era vitalicio y ellas se comprometían a vivir para siempre en el santuario. La pitia o pitonisa daba la respuesta, que un sacerdote recogía y escribía en forma de verso. Después se le entregaba al consultante. Uno de los enigmas con los que se enfrentan los estudiosos es el gran número de aciertos que tenía el Oráculo de Delfos. La fe en él era total, incluso si se equivocaba, pues en ese caso se consideraba que el fallo estaba en la interpretación de lo dicho y no en el propio Oráculo.

El Oráculo de Delfos influyó en gran manera en la colonización de las costas del sur de Italia y de Sicilia y llegó a ser el centro religioso del mundo helénico. Según algunas tradiciones, la primera pitia o pitonisa que actúo en el Oráculo de Delfos se llamaba Sibila, por lo que luego su nombre se generalizó y se siguió utilizando como nominativo de esta profesión.

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Durante muchos siglos, hubo una leyenda acerca del Oráculo y de las pitonisas que fue considerada verdad histórica. Fue difundida por los autores cristianos de los siglos III y IV, como Orígenes y san Juan Crisóstomo. En aquella época la religiosidad de la Grecia clásica se veía como un acérrimo  paganismo, al que había que ridiculizar. De esta manera los escritores cristianos  inventaron algo a través de los siglos fue considerado verdad. Según dicha leyenda, el trípode de la pitonisa o pitia se hallaba sobre una grieta muy profunda de la roca, por lo cual emanaban ciertos gases tóxicos que hacían que la mujer entrara rápidamente en un estado de embriaguez, es decir, entraba en trance y era ese estado como formulaba sus predicciones, desgreñada y arrojando espuma por la boca.

Pero lo cierto es que no se ha encontrado ninguna descripción en los escritores griegos o latinos que refleje este hecho. Sócrates confiaba en la guía del Oráculo de Delfos. Sócrates decía que los individuos nunca debían acercarse a los oráculos por asuntos triviales ni con preguntas que ellos podrían contestarse a sí mismos después de un cuidadoso estudio. Platón, por su parte, tenía los santuarios oraculares en tan gran estima que los constituyó en piezas centrales de sus ciudades ideales. Con el declive de las antiguas ciudades-estado griegas, también el Oráculo de Delfos, fue perdiendo lentamente su esplendor. Así en el año 362 el emperador romano Juliano envío un emisario a Delfos con el propósito de ayudar a revivir el famoso oráculo. La leyenda menciona que cuando el emisario preguntó qué se podía hacer para restaurar el santuario, la sombría respuesta que se recibió fue:

«Di al rey que la gran casa ha caído. Apolo ya no tiene su morada, ni hay brotes del laurel sagrado. Las fuentes están silenciosas, las voces están calladas».

Estas palabras fueron comunicadas al rey y pasaron a ser consideradas las proclamación definitiva de las sacerdotisas, refiriéndose al propio final del Oráculo de Delfos.

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