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Se necesita un pequeño ramo de flores, preferentemente rosas rojas, un mantel hecho de alguna tela suave o que parezca de malla de colores, un pequeño recipiente con miel o jengibre, algo de arena, una vela roja o amarilla encendida y si te parece, alguna música que te guste, que sea relajante.

Las hadas tomaran todo esto como una ofrenda, luego de tener todo reunido sobre la mesa, se recita la invocación que colocamos a continuación.

INVOCACIÓN

Inefable e increado rey y padre de las llamas primeras, que eres llevado en el carro veloz de los mundos que incesantemente giran; dominador de las etéreas inmensidades donde se levanta el trono de tu sapiencia, desde cuya altura todo lo descubren tus ojos penetrantes y tus oídos benditos todo lo oyen; atiende la invocación de quien amas desde el nacimiento de los siglos; porque tu áurea y gran majestad, resplandece por encima del mundo, del cielo y de las estrellas, y sobre ellas te levantas.

¡Oh fuego resplandeciente! Allí tú brillas y perduras en ti mismo, por tu propio esplendor y salen de tu esencia inacabables arroyos de luz que nutren tu espíritu infinito.

Este espíritu infinito alimenta todas las cosas y hace este tesoro inagotable de sustancia siempre dispuesta para la generación que la elabora y que se apropian de las formas que tú te has infundido desde el principio.

De este espíritu toman también esos benditos gobernantes de tu reino que circundan tu trono y que forman tu corte. ¡Protector de los bienaventurados mortales e inmortales! Tú resguardas sustancias que resultan maravillosamente semejantes a tu sabio pensamiento y a tu esencia venerable.

Tú has concedido superioridad a los elementales que anuncian al mundo tus verdades. Ardemos en la incesante aspiración de poseerte; tú que enciendes la llama de la vida. ¡Bendícenos!

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