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Los Celtas tenían una concepción del Universo relacionada con tres mundos, que concebían de la siguiente manera:

1. “El Círculo de Keugant”, mundo de los arquetipos, simbolizado por un círculo vacío y representado en las leyendas artúricas por el hueco de la Tabla Redonda.

2. “El Círculo de Abred”, mundo sujeto a la ley de causa y efecto, al destino que se proyecta como necesidad de evolución; vida y muerte se alternan en él para producir la vida manifestada. Es la cruz que en su movimiento de rotación desintegra y reintegra. El hombre, el microcosmos, es crucificado en la materia para renacer como macrocosmos, simbolizado por el Centro o Unidad supraconsciente.

Este mundo está relacionado con Dadga y su hacha: mata por un lado y resucita por el otro. La justicia se manifiesta como la propia realización del destino. Los hindúes denominaban a esta justicia natural “karma” o ley de causa y efecto; cada golpe de la vida produce una reacción, una vibración íntima al nivel de la conciencia dormida. Los golpes despiertan y el dolor (la muerte de algo) produce un reajustamiento, que equivale a un nuevo nacimiento en un plano más elevado de conciencia.

Este círculo es el mundo manifestado, donde la realidad espacio-temporal está representada por la cruz.

3. “El Círculo de Gwenved”, o círculo de la beatitud (círculo de la luz blanca). Está aureolado de hojas de roble como símbolo de la victoria final y la reunificación. Este círculo es el eterno retorno a la Vida-Una.

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