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De una leyenda de amor y muerte, nació un celebre poema que frecuentemente se le atribuye al poeta colombiano Julio Flórez, pero en muchas ocasiones también se le atribuye al sacerdote y poeta venezolano Carlos Borges. La historia es interesante…

Se quisieron con ilusiones de enamorados navegando en barca de sueños, pero pronto él probaría el fruto amargo de la desesperación: la poca vitalidad de la novia se escapaba poco a poco por los pulmones enfermos. El médico estaba convencido de que Irene Gay no viviría mucho.

Al caer el crepúsculo, según documentos de la época, con su traje de paño negro y la corbata bien hecha, en la que brillaba una falsa esmeralda, el bardo y periodista Caamaño llegaba a casa de su prometida.

Aún metido en los mundos de la nostalgia, espiaba la respiración violenta de la enferma. A veces, un hilo finísimo de sangre manchaba la boca de la muchacha; otras, era una tos intensa la que agitaba su pecho. Y aunque el estado de Irene nada nuevo presagiaba, pensaba que los lazos que los unían eran tan fuertes, que su amor sería escudo contra la parca.

En su diario desvarío ella decía de espejos rotos, de un niño que la llevaba por un laberinto sin fin, de una mujer enlutada que le entregaba rosa marchitas, mas cuando la fiebre pasaba y la lucidez volvía, hablaba al enamorado del futuro que tendrían en una casita blanca, rodeada de jardines….

Un día antes, en el delirio de la muerte, pedía que la enterrasen con galas de novia a punto de desposarse y con un ramo de nomeolvides. Caamaño bebió las lágrimas de su desventura y, aunque amigos sinceros lo acompañaron, se sentía a merced de la más espantosa soledad. Se cumplió cabalmente la última voluntad de Irene, quien en humilde caja parecía dormida, y el escultor Guillermo del Campo, muy famoso en esa época, talló una hermosa cruz para la tumba de aquella flor tempranamente desgajada.

El tiempo pasó sin cicatrizar las heridas del amante y también llegó el momento de arrojar los restos mortales a la pira común, porque dada las pocas posibilidades económicas de la familia Gay, la habían sepultado en el tramo de los pobres, donde solo podían permanecer tres años los cadáveres. ¿Qué hacer?

Esta pregunta se la había el novio, habló, suplicó, hizo cuanto pudo para comprar un panteón, pero todo fue inútil. En el colmo de su desesperación, acudió a sus amigos más íntimos y en precipitada reunión todos acordaron salvar la osamenta de quien tanto amor había dejado entre los vivos.

Fueron muchos los imprevistos que le sucedieron, pero Caamaño acogió para siempre en su habitación aquel amado y rígido esqueleto, lo que no se sabe es si alguna vez, a la luz de una vela, celebró sus bodas con la muerta.

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