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Quiero continuar explorando el tema que mi querida amiga Wicareencarnada inició, sobre lo que, a mi parecer, son algunas de las causas por las que Venezuela sigue en este atolladero. Con las siguientes reflexiones no pretendo ni ofender ni desmerecer la angustia y sufrimiento de muchos, si no soltar con mucho amor ideas al viento, como semillas que puedan caer en tierra fértil y ayudar a nuestra querida patria a ir desprendiéndose de las sombras que la han cubierto por largo tiempo. Así que aquí están las lecciones karmáticas que, en mi percepción, muchos venezolanos no han terminado de aprender:

1) El desear soluciones no democráticas para el problema, en particular, la solución militar. Desde principio de los noventas, la idea de que el problema político venezolano era solo arreglable con un golpe de estado se convirtió comentario constante. En las colas de los bancos y el mercado, en los carritos por puestos y en las universidades, se oía lo mismo: “aquí lo que se necesita es un golpe, una mano fuerte, una buena dictadura.” En mi opinión el Universo cumplió, pero como suele suceder con deseos nacidos del miedo y la ira, de manera torcida, en un reflejo a los sentimientos que generaron dicho deseo.

Trece años más tarde, hay venezolanos clamando de nuevo la intervención  violenta militar, venezolanos que, irónicamente, tienen hambre de democracia –venezolanos que al parecer no aprendieron nada de los aplausos que dieron, en su momento, al último intento de golpe y dieron cacerolazos para pedir la libertad del líder, con los resultados que ya conocemos.

2) El no ver de frente a la Sombra  del país. Muchos sueñan con una Venezuela imaginaria que nunca fue, donde, según, no había inseguridad, ni corrupción, ni desabastecimiento, ni problemas carcelarios, ni racismo, ni clasismo. Basta con ver un capítulo de la novela de RCTV Por Estas Calles para ver que no fue así. Y aunque probablemente el nivel de inseguridad es mayor ahora, los problemas, en líneas generales, eran los mismos. Decir que no había racismo es ignorar los chistes –que todavía siguen- sobre chicheros y doctores y dichos cómo el  de “mejorar la raza”; negar el clasismo seria vivir en el mundo de Candy Candy, para quienes la recuerdan.

Y si bien es cierto que el venezolano de la época apreciaba a las personas que se habían superado por sus propios esfuerzos, igual tenía una debilidad por títulos nobiliarios y abolengos ancestrales –como ocurre con muchos aun. Todavía se usa en Venezuela epítetos que hacen referencia al color o a la clase social como forma de insulto. Y peor aún, todavía hay gente que se ofende por que le recuerden el color de la piel o el lugar de crianza. Existieron razones poderosas que trajeron a este presidente al poder, desde injusticia social a corrupción desenfrenada. Hasta que no admitamos estas realidades y comencemos a lidiar con ellas, tarde o temprano la historia que estamos viviendo volverá a repetirse.

3) El no tomar responsabilidad por las emociones. Decir que una u otra persona trajo odio al país es negar el poder personal de cada quien. Nadie puede traer ni odio, ni amor, ni paz, ni separación, si la gente ya no tiene dichos sentimientos en el corazón o esta preparada para abrirse a ellos. Es obvio que en Venezuela existía un resentimiento largo y callado que muchos no lograron ver o no le dieron importancia. El presidente no hizo más que reflejarlo, como refleja la luna la luz del sol. Si alguien siente odio hacia tal o cual persona, es porque así lo decidió;  porque eligió enfocarse, alimentar y aferrarse a ese sentimiento y hasta que no lo deje ir, no conocerá paz, así la persona odiada esté seis metros bajo tierra.

Este tipo de odio lo mancha todo, lo ensucia todo; es una cadena pesada colgada al cuello de quien odia. Por ello todo termina regresando al foco del odio: si alguien muere, se lamenta que no haya sido el odiado; si alguien logra algo, se lamenta que por culpa del odiado otros  no logren  sus propios triunfos; si hay un día de sol, no se disfruta de la alegría porque el odiado también lo está disfrutando. Hasta que los venezolanos que odian al adversario no dejen de hacerlo, un obscuro manto seguirá flotando sobre el país, trayendo en el mejor de los casos depresión, en el peor, un verdadero peligro de destrucción.

4) El no trabajar activamente para lograr la reconciliación.  Hasta que en Venezuela no exista una gran campaña de reconciliación, ningún gobierno, del color que sea, podrá sacar al país adelante. Hay que entender que la mayoría de los que nos adversan en la arena de la ideología política lo hacen por razones que, a sus ojos, son valederas. Calificar a alguien de corrupto o bruto a priori, solo porque no comulga con nuestros mismos ideales, desdice mucho de los principios democráticos que muchos dicen tener. No se puede reclamar derecho a la libertad, de expresión y pensamiento, y luego negársela al que no piensa y habla igual que nosotros.

En Venezuela tiene que haber inclusión y aceptación; hay que haber reconocimiento a los logros del pasado, así como hay criticas; hay que sentarse a la mesa, hablar, negociar y llegar a acuerdos, porque no se puede construir a un país con un buen número de personas sintiéndose fuera –esto es algo que muchos deberían haber aprendido por experiencia propia, pero que no ven la necesidad de aplicarlo, llegado el momento, al adversario. Y mientras éste sienta que, de cambiar las cartas, será victima de la revancha (que no justicia) indiscriminada, luchará por mantener el status quo, para así asegurar su integridad.

5) El no ver la gran lección, a nivel espiritual, moral e histórica, que este gobierno le ha brindado a los venezolanos. Gracias a él, hemos aprendido apreciar el valor de la verdadera democracia, la unidad familiar, las libertades civiles, la tolerancia política, la necesidad de trabajar con y para la comunidad, de protegernos mutuamente, la importancia de la meritocracia, del estudio, de la preparación profesional, de la organización, de la claridad electoral y pare usted de contar. A nivel espiritual, las leyes del Universo nos están pidiendo a gritos no solo que perdonemos y busquemos la reconciliación, si no que agradezcamos este intensivo curso de vida que la presente situación nos está ofreciendo. Y hasta que las leyes del Universo no se cumplan, no se puede esperar que la Justicia del Universo actué ni rápida, ni necesariamente a nuestro favor.

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